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Para comer y untar: aceites esenciales para tragones y consentidos

Por: Luza Alvarado

Los aceites esenciales llegaron a mi vida a hace siete años cuando mi hermana y su grupo de mujeres comenzaron a traerlos a México como se hacía antes con los “dulces americanos”, de contrabando.

Mi primer aceite fue un frasquito de lavanda y rápidamente se convirtió en mi panacea: para el nervio, para el cólico, para el mareo, para los días que estaba chipil, para el insomnio, para sentirme bonita, para calmar a la bestia, para aplacar la ansiedad…Tenerlo a la mano me hacía sentir segura, igualito que los bebés con su cobijita o su peluche. Luego, me hice de un aceite de limón, otro de menta y finalmente uno de lemongrass, que conocemos en México como limoncillo o zacate limón.

Fui integrando los aceites esenciales de manera empírica y natural a mis rutinas de alimentación, salud, higiene y apapacho, todo eso que ahora agrupamos bajo el concepto de bienestar. Lo que trajeron a mi vida fue la presencia de las plantas que tanto añoramosquienes vivimos en la ciudad. La pureza concentrada de las hierbas, las flores, las semillas y las cortezas, atrapada en frasquitos, le ha dado, literalmente, un soporte a mi día a día.

Mucha gente los considera «cosa de señoras», «remedio de abuelita”, “placebos»… Todos esos prejuicios se desvanecen cuando entro en esa burbuja de intimidad que requieren el placer y el autocuidado, esa relación sagrada con lo que uno se come y se unta.

Entre el baño, la mesita de noche, el escritorio, la cocina y hasta en el carro, hoy tengo más de 40 botellitas de distintos aceites para diferentes usos y momentos. Porque #laseñoradelosaceites. No uso todos con la misma frecuencia, pero no me preocupa: no se echan a perder. Con ellos preparo mis cremas de la cara y del cuerpo, mi suero para el pelo y mezclas para los estados de ánimo, pero también hago postres, pasteles, bebidas, cocteles, guisados, sopas…

Además de reducir la carga tóxica de los químicos industriales, los aceites esenciales le dan sabores intensos a la comida y le dan ese plus de soporte natural a mis productos de cuidado personal. Acá les comparto algunas recetas. Si alguien quiere replicarlas, le recomiendo revisar si sus aceites realmente son aptos para ser ingeridos o aplicados tópicamente.

Foto: Luza Alvarado
Foto: Luza Alvarado

Para comer: aceites esenciales en la cocina

Bebidas 

  • Al té negro (con una nubecita de leche) y a leche dorada le añado una gota de una mezcla llamada OnGuard, que tiene clavo, canela, naranja. Se lo agrego una vez que la bebida está casi tibia, porque si está demasiado caliente, el aceite pierde algunas de sus propiedades para dar soporte al sistema inmunológico. El sabor es como el de un chai intenso y especiado, como un abrazo navideño.
  • Al jugo verde, al agua de tuna o de piña, le echo una gota de limón (lime), con lo que se potencia el sabor de las frutas y se limpia el aparato digestivo.
  • Al chocolate caliente, depende del día: cuando llueve, una gota de aceite de cardamomo; cuando quiero un chocolate frío y refrescante, le añado una gota de menta. Imaginen un postre: esa es la sensación que me produce.
  • Cuando hago ejercicio, cuando hace mucho calor, cuando tengo hueva de tomar agua (o cuando tengo ansiedad porque no ha pasado el de los tamales oaxaqueños), le pongo a mi agua mineral una gota de aceite de limoncillo, de naranja o de hierbabuena. Asunto arreglado: no solo me da una sensación refrescante, sino que ayuda a mi hígado a desintoxicarse y a mi mente a despejarse.
  • Si te gusta la coctelería, te recomiendo integrar los aceites de cítricos, la pimienta rosa o negra, el cardamomo y la baya de enebro. Son una delicia.

Sopas

Al caldo de pollo o de verduras siempre le añado media gota de aceite de semilla de apio, que es la base aromática de los consomés comerciales. Con ese caldito preparo arroz, sopa de fideo o cremas de cualquier vegetal. El sabor es el de la sopa que hacía tu mamá cuando llegabas de la escuela.

Hay tres aceites básicos para lograr sabores que evocan la cocina thai: semilla de cilantro, lemongrass y jengibre.

Acá va una recetapara que te inspires:

  1. Pica cebollas de cambray e incluye unos tres centímetros del tallo, ese que está tierno y sabe picosito.
  2. Fríelos con un poco de aceite de co
  3. co, añade champiñones rebanados o en cuadritos, una pizca de polvo de chile de árbol (o reutiliza el pepperoncino que te dan en la pizza).
  4. Añade dos tazas de leche de coco sin azúcar y una taza de caldo de verdura.
  5. Deja que hierva y luego apaga el fuego para que repose.
  6. En un poco de aceite de coco para cocinar, mezcla media gota de lemongrass, media gota de semilla de cilantro y media de jengibre. Esto se hace aparte para luego ir añadiendo la combinación poco a poco, según tu gusto, y lo demás puedas guardarlo en un frasquito.
  7. Mezcla y deja reposar.
  8. Antes de servir, añade arroz basmati y la proteína que quieras: con camarones o con costilla de cerdo queda buenísimo. Esta misma base de caldo (sin champiñones) puedes usarla para diluir currys. Chulada.

Otro consejo para cocina salada

Recientemente descubrí cómo darle un sabor herbal muy sutil a la pasta. Mientras se está cociendo, pongo una gota de aceite de albahaca en el hirviendo agua. La pasta toma un sabor muy suave a hierba fresca, y cuando le mezclo la salsa de tomate es como si hubiera cortado unas hojitas frescas de mi propia maceta.

Postres y aceites esenciales

Tengo una receta infalible de galletas de limón estilo inglés, con harta mantequilla. Llevan limón  amarillo (también conocido con el fantástico nombre de limón Eureka, se lucieron los de marketing). Como todavía no es tan común encontrarlo en México, lo sustituyo con tres gotas de aceite esencial de limón amarillo, que es como una bocanada de sol cítrico en un campo siciliano.

A todo lo que lleva cacao me gusta darle un twist aromático. Siento que queda menos plano sin perder lo gostoso. A la mezcla final, antes de meterlo al horno o al refrigerador, añádele tres gotas de aceite de naranja silvestre.

Sean pasteles, mousses, galletas o helados, quedan con un saborcito nostálgico que recuerda a los dulces de antes (las cáscaras de naranja cubiertas con chocolate amargo). También puedes ponerle aceite de cardamomo y, si eres más osado, una gota de aceite de pimienta rosa. Ya sé que es un barroquismo, pero es un postre y estamos en México.

Al arroz con leche, al pastel de zanahoria, al relleno para el estrudel y a todos esos postres que suelen llevar canela, les pongo una gota de aceite de casia, que es de la misma familia de la canela, pero tiene un sabor más dulce, complejo y cálido.

Foto: Luza Alvarado
Foto: Luza Alvarado

Una advertencia: poquito porque es bendito

Ojo con los aceites de hierbas. Los aceites esenciales son tan concentrados que al momento de cocinar, hay que usar muy poquito y siempre diluirlos con agua o aceite, si no, las salsas y los caldos se saturan.

Por ejemplo: nunca, pero nunca hay que echarle una gota de aceite de orégano a la olla del pozole. Mucho menos una gota de aceite de albahaca a tu salsa para la pasta. Olvídate del tomillo y la mejorana en tu guiso estilo francés, vas a arruinarlo. ¿Qué hay qué hacer? Con la punta de un palillo, toma media gota de aceite (o menos) y dilúyelo en dos cucharadas de aceite vegetal.  Ve añadiendo la mezcla a la olla gota a gota, removiendo y probando cada vez, para que puedas controlar la intensidad.

Si bien los aceites esenciales conservan sus cualidades organolépticas (sabor y olor) con el calor, pierden muchos de sus beneficios. Sin embargo, en el contexto de la cocina, lo que me interesa es su poder como saborizantes naturales que sustituyan a los ingredientes que no tengo frescos a la mano.

Para untarse: aceites esenciales en cosmética

Hace tres años, cuando ya era la señora de los aceites, me fui volcando hacia la cosmética natural y de bajo impacto ambiental. Cansada de las cremas que no hidratan y de los envases de plástico, decidí hacer mis propios productos.

Encontré mil recetas en la red y en algunos libros, fui probando con lo que tenía a la mano y con lo que había disponible en el mercado, hasta que encontré los productos de mi kit básico.

La crema base

Como su nombre lo dice, es el fundamento de mis cremas para la piel y el cabello. La receta está en función del tamaño del envase:

  • 50% de manteca de karité o de cacao orgánica: hay muchas marcas y la consigues en internet.
  • 30% de crema natural, neutra y buena onda con el planeta: yo uso la de Williams Sonoma, pero hay otras marcas locales de menor huella de carbono. Estas cremas contiene conservadores que no están a la venta en las droguerías comerciales o que son muy caras para comprarse por menudeo. Recuerda que las cremas caseras y naturales pueden echarse a perder pronto, ya que las grasas suelen oxidarse.
  • 10% de aceite de coco fraccionado o de agua de hammamelis, según la quieras más o menos grasosa. Ambos productos pueden encontrarse en internet.
  • El 10% restante serán aceites esenciales.

Crema para el cuerpo con aceites esenciales

En lugar de aceite de coco, uso agua de hammamelis para hacerla más fluida.

Estos son los que uso según ande de ánimo:

  • Si te gustan las flores: lavanda, ylang ylang y jazmín.
  • Si te gustan los aromas herbales y cítricos: lemongrass, romero, una gotita de toronja o bergamota y hierbabuena. (No uses aceites más de dos gotas de cítricos ni los apliques en la piel sin la correcta dilución, ya que te puedes quemar o manchar con el sol).
  • Si quieres un apapacho: cardamomo, pimienta rosa y abeto siberiano.
  • Si quieres mejorar la circulación: ciprés, menta, eucalipto y cedro.

Crema para la cara con aceites esenciales

Haz una crema base solamente con manteca de karité o cacao y aceite de coco o jojoba. Reutiliza tu tarro de la crema para la cara que normalmente usas y, además de la crema base, añade esta mezcla de aceites, es lo máximo:

  • 20 gotas de aceite Yarrow Pom (antioxidantes).
  • 5 gotas de aceite de incienso y 5 de aceite de helicriso (regeneración).
  • 10 gotas de aceite de lavanda y 5 de aceite de melaleuca (protección y limpieza).
  • 3 de aceite de sándalo (piel tersa).
  • 3 de aceite de manzanilla romana (piel joven).

Suero para el cabello con aceites esenciales

  • Tres gotas del serum que normalmente usas.
  • 1 cucharada de aceite de coco fraccionado.
  • 6 cucharadas de agua de hammamelis.
  • 4 cucharadas de crema base.

Aceites sugeridos:

  • 5 gotas de romero
  • 5 gotas de lavanda
  • 1 gota del aceite que te inspire (menta, naranja, cardamomo, limoncillo…)

Ponlo en un botecito con atomizador y agita muy bien para que se mezcle. No te lo pongas cuando el pelo está empapado, ya que la saturación del agua no permitirá que tu pelo absorba el suero. Aplícalo cuando el pelo esté húmedo y comience a secarse.

Si tienes rulos se verán saludables, con un frizz muy ligero, pero con mucha forma. Si tienes el pelo laci, este tendrá brillo y no se verá aplastado ni aceitoso. Esta mezcla mantiene el cabello saludable, de la raíz a las puntas, y su olor es delicioso. Es como si los aceites fueran un escudo protector contra el ambiente.

Crema para pies con aceites esenciales

De mis años como bailarina de ballet me quedaron los pies maltratados y medio chuecos, por lo que tengo que darles mantenimiento constante para que los callos no me lastimen. Lo ideal es ponerse la crema antes de dormir.

  • Pare el cansancio: ponle a tu crema base una gota de una mezcla que se llama Deep blue, o bien, una mezcla de menta, manzanilla azul, tanaceto, gaulteria y helicriso.
  • Para pies rasposos o con callos: añade a tu crema base aceite de ciprés, melaleuca, eucalipto y lavanda, a partes iguales.
  • Para refrescar los pies, solo porque sí y porque huele rico: mezcla naranja, albahaca y hierbabuena.
Foto: Luza Alvarado
Foto: Luza Alvarado

El pilón: aceites esenciales para limpiar

Existe una buena cantidad de evidencia acerca de la carga tóxica que tienen los productos de limpieza para el hogar, sobre todo cuando los combinas. Mi solución universal es la receta de la abuelita: tres tapitas de vinagre y tres gotas de aceite esencial de limón, diluido en agua según lo necesites. Ponlo en un atomizador para usarlo como líquido desinfectante de superficies, o bien, viértelo en la cubeta para trapear el piso.

*No todas las marcas de aceites esenciales son aptas para ser ingeridas o aplicadas sobre la piel. La que yo uso es doTerra y sí es apta para consumo (incluso trae su tablita nutrimental), y esto es gracias a que son 100% puros y a que tienen un certificado para uso terapéutico.

Sobre la autora

Luza Alvarado es escritora y editora. Estudió Ciencias de la Cultura en la Universidad del Claustro de Sor Juana y Lengua y civilización francesa en la Universidad de La Sorbonne. Cursó el diplomado de Creación literaria en la Sociedad General de Escritores de México y, como becaria del FONCA, la maestría en Literatura en la Universidad de Chile.

Desde hace más de quince años es colaboradora y editora en publicaciones impresas y digitales, así como en Grupo Planeta y Penguin Random House. Actualmente, es parte del equipo de editorial Travesías. Es creadora de contenidos y conceptos para agencias de publicidad y empresas relacionadas al turismo y la gastronomía.

Sus artículos han aparecido en México DesconocidoEl FanzineIndie Food, GastronómicaSoy ChefEl GourmetChilangoSPOT Tierra Adentro, entre otras publicaciones. También es traductora, guionista, promotora cultural, profesora y analista. En mayo de 2018 se publicó La realidad, su primer libro de poesía, bajo el sello editorial Textofilia.

Instagram: @luzaalvarado

Correo electrónico: luza.alvarado@gmail.com

De gimnastas, memorias de la infancia y entornos que permiten el abuso.

Por Ismene Venegas

El rostro de Mary Lou Retton en la caja de cereal. La sonrisa amplia, el pixie ochentero en el pelo y los brazos en alto, triunfantes. Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 son de los primeros que tengo memoria y en ellos Mary Lou Retton, de dieciséis años, se llevó a casa la medalla de oro del all-around de gimnasia femenil. Yo tuve una camiseta de esa olimpiada, era de color azul cielo y tenía una estampa de Sam, la mascota de esa edición: un águila calva con sombrero que sostenía los cinco aros olímpicos como haciendo malabares.

Mi hermana Berenice tuvo también una prenda idéntica que se le estropeó el día que se cayó, en la calle Berlín, frente a casa de los Yamada, nuestros vecinos. Mientras ella andaba en bici con Aiko Yamada, yo, como un satélite suyo, iba detrás trepada en mi triciclo rojo, que para entonces ya me venía chico. Tenía miedo de la inestabilidad de la bicicleta, así que prefería seguir pedaleando en él, aunque me golpeara las rodillas con el manubrio. Al pie de una bajada mi hermana frenó su carrera abruptamente y voló por los aires para luego aterrizar de panza. El torso, el codo y el mentón llenos de sangre y tierra, la camiseta raída. Caminamos el par de cuadras que nos separaban de casa. No había agua. No sé cómo mis padres le lavaron las heridas. Aiko y su hermana nos trajeron la bicicleta y el triciclo que en el calor de la emergencia olvidamos en la calle.

   Berenice se recuperó de los raspones y junto a muchas otras chiquillas de su edad se subió al tren del fervor por la gimnasia olímpica. Empezó a entrenar en el Gimnasio Monserrat; yo también, aunque a decir verdad, no invertía tanto esfuerzo en el entrenamiento como ella lo hacía. Yo iba para brincar en el trampolín, para arrojarme a la alberca de hule espuma y para devorar los sobres de Tico, el polvo agridulce que vendían en la dulcería del segundo piso.

   Aparecer en la portada de la caja del cereal Wheaties era un símbolo de gloria deportiva. Así, enmarcados en cartón rojo, se han visto los rostros de la nadadora Esther Williams, el basquetbolista Michael Jordan, la tenista Serena Williams y el corredor Carl Lewis, entre muchos otros deportistas famosos. Para que Mary Lou Retton figurara en la caja del cereal tuvo que hacer una gran proeza: romper la supremacía de los estados soviéticos en la gimnasia olímpica femenil y llevarle el triunfo a su país, la nación enemiga del comunismo. Lo hizo con algo de trampa, ya que en los juegos de 1984 los estados del bloque soviético se negaron a participar como respuesta a la campaña que Estados Unidos había encabezado, cuatro años antes, cuando boicoteó las olimpiadas de 1980, celebradas en Moscú. De esa época, aún conservo la alcancía con la forma del oso Misha, mascota de los juegos rusos, que le regalaron a mis padres en el banco.

   Mary Lou Retton dijo a la prensa que su inspiración y gusto por la gimnasia nacieron al ver triunfar a Nadia Comaneci en los olímpicos de Montreal 1976. La infantil silueta de la rumana de apenas catorce años sorprendió al mundo con su desempeño. Los jueces la calificaron, por primera vez en la historia de la disciplina, con dieces. La gracia y la agilidad de Nadia, el dominio total de su cuerpo y de sus rutinas, conquistaron a la afición y revolucionaron la competencia internacional de la gimnasia femenil. Sus entrenadores, Martha y Bela Karolyi, aprovecharon la cresta de esa ola para escapar del régimen rumano y a principios de los ochenta llevaron a Estados Unidos el estricto y exitoso sistema de entrenamiento que en apenas tres años puso en el pódium a Mary Lou Retton. Durante las siguientes décadas los Karolyi continuaron preparando gimnastas estadounidenses y fueron los responsables de la creciente competitividad del equipo norteamericano.

   En el Gimnasio Monserrat, Berenice brilló como una atleta sobresaliente junto a otras chicas ensenadenses. Sin embargo, en las justas estatales las gimnastas de Mexicali siempre se llevaban los laureles. Incluso algunas de ellas figuraron internacionalmente representando al equipo mexicano, como Denisse López Sing, quien participó en las olimpiadas de 1992 en Barcelona. Yo, por mi parte, nunca tuve un desempeño sobresaliente como el de mi hermana mayor. Desde muy pequeña las abdominales me desanimaron, la pasaba mejor aventándome de clavado a la fosa de hule espuma. Y a pesar de que en casa mi madre no nos compraba cereales comerciales para desayunar, mi devoción por la gimnasia olímpica se redujo a coleccionar las cajas de los Wheaties en las que aparecía Mary Lou Retton: las pepenaba de las casas de mis vecinitas antes de que llegaran al bote de basura.

Foto: www.usatoday.com
Foto: www.usatoday.com

   Luego de que los Karolyi dejaran Rumania establecieron a las afueras de Houston, Texas, el centro de entrenamiento donde Mary Lou Retton y otras notables gimnastas se formaron. El complejo Karolyi Ranch llegó a contar con quince hectáreas distribuidas entre instalaciones de equipo deportivo, salones de danza y coreografía, de acondicionamiento físico y médico, vestidores, cafetería, comedor, dormitorios y un gran patio de centenares de acres con animales de granja. A partir del 2001, la Federación de Gimnasia de Estados Unidos designó a este lugar como el Centro de entrenamiento del equipo nacional de gimnasia femenil.

   Mensualmente, a las gimnastas de élite del país se les separaba de sus familias para que asistieran a campamentos de entrenamiento obligatorio. Con la doctrina de ganar a cualquier costo, implementada mediante el miedo y la intimidación, los Karolyi presionaban a las niñas a superar sus marcas y limitaciones, a ir más allá de sus umbrales de cansancio y dolor. Dos sesiones diarias de cuatro horas de entrenamiento extenuante y repetitivo. La mirada escrutadora de los manejadores deportivos que tienen en sus manos el poder de juzgar el desempeño y devenir de las gimnastas en su disciplina. Una constante competencia interna, las críticas humillantes y un estilo de adiestramiento diseñado para obtener un absoluto compromiso en el programa para alcanzar la meta: figurar en el equipo olímpico, el sueño de todas las jóvenes deportistas.

   Recientemente los Karolyi se vieron enredados en un escándalo en el que numerosas gimnastas de alto rendimiento denunciaron el acoso sexual de uno de los miembros de su equipo de entrenadores. Las deportistas alegaron que el ambiente hostil de los campamentos mensuales en el Karolyi Ranch abonó el terreno para que el médico del equipo nacional, Larry Nassar, desarrollara comportamientos depredadores hacia las niñas. Su figura era la del único adulto amigable y confidente del campamento que otorgaba comentarios alentadores a las deportistas. A espaldas de sus instructores les obsequiaba golosinas -que estaban prohibidas-, mientras se encargaba de acondicionar y masajear sus músculos, de rehabilitar sus lesiones. Tuvo completo acceso a los cuerpos de las niñas, que vulneró y penetró con sus dedos, mientras contaba con la confianza de entrenadores, padres de familia y de las mismas deportistas.

   Documentales y reportajes publicados en Estados Unidos presentan testimonios de cómo las primeras quejas del comportamiento de Nassar fueron silenciadas por las autoridades de la Federación de Gimnasia de Estados Unidos, en aras de mantener el aparato mercadológico que promovió la popularidad de esta disciplina deportiva. Luego de las medallas olímpicas, numerosas marcas comerciales buscaban otorgar su patrocinio a cambio de promover sus productos y servicios con las figuras tenaces de las gimnastas. La federación, dirigida por Steve Penny, su presidente y CEO, se hinchó de dinero por medio de jugosos contratos publicitarios como el que establecieron con General Mills, la marca detrás del cereal Wheaties.

   Tras las denuncias que comenzaron a acumularse a partir de 2015 y que relatan cerca de treinta años de abusos, Nassar fue condenado a dos sentencias de 60 años de prisión por un cargo de pornografía infantil y numerosos cargos de abuso sexual. Steve Penny enfrenta cargos por omisión y por alteración de evidencia al manipular los registros y archivos del Karolyi Ranch,centro que fue separado de la federación y cerrado definitivamente en 2018.

Mientras crecí me acompañó un sentimiento de culpa e inferioridad por no destacar en las disciplinas competitivas en las que le seguí los pasos a mi hermana: la gimnasia olímpica, el ballet clásico… Por años me compré el boleto de ser la floja, la poco constante, la que no le echaba ganas a sus clases paraescolares. A la edad en la que entrenamos en el Gimnasio Montserrat encontraba a la alberca de hule espuma, por mucho, más divertida que hacer abdominales.

   No era nada más el lío del consumo de azúcar, tan satanizado en mi infancia, lo que alejaba a mi mamá de comprarnos cereales comerciales. También estaba su postura anticonsumismo yankee, que no dejaba entrar a su alacena a ese y a muchos otros alimentos industrializados que anunciaban en la tele. Adelantada a su tiempo, en los ochenta, ella hacía su propia granola con avena, semillas de calabaza, cacahuates y pasitas. Me comía su cereal casero a pesar de que no tenía los coloridos bombones deshidratados de los Lucky Charms ni el sabor artificial a cereza de los Froot-Loops. En el fondo sabía que  su nutritiva mezcla tenía mucho mejor gusto que los insípidos Wheaties de la General Mills, pero pocas cosas igualaban la emoción de desayunar junto al rostro sonriente de Mary Lou Retton.

Sobre la autora:

Ismene Venegas es una cocinera con aspiraciones literarias. Estudió la Licenciatura en Gastronomía en la Universidad del Claustro de Sor Juana y lideró las cocinas del Restaurante La Contra en Ensenada y El Pinar de Tres Mujeres en el Valle de Guadalupe; es autora del libro «Lengua partida» (2021) y coautora, junto a Paula Pijoan, del libro «Plantas nativas comestibles de Baja California» (2018). Publica crónicas y ensayos periódicamente en revistas culturales como el Septentrión, Revista Plástico y Pez Banana.

Instagram: @nubesenelcielo
Correo electrónico: ismene.venegas@gmail.com

Este es el segundo texto de «Voces amigas», una iniciativa que llegó para quedarse en este blog con el fin de mostrar el trabajo de más personas que escriben sobre alimentación, desde diferentes ángulos y profesiones.

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