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Los lunes saben a caos: ese mercado de Tultitlán

Estos días tienen fama de ser malos, pero para quienes vivimos en Tultitlán, significan unión y sabrosura.

Por Ximena Vázquez

Son las diez de la mañana y los 850 metros que van desde Francisco Villa hasta Adolfo López Mateos están cubiertos totalmente con lonas rojas, azules y amarillas que forman un caleidoscopio. Las banquetas se llenan de estructuras metálicas con tablas de madera, coronadas con letreros que anuncian el precio con frases ingeniosas o promesas de calidad. Lo que antes era una simple calle ahora se ve dividida en cuatro pasillos, donde la diferencia se ve enmarcada por su similitud, donde las voces anunciantes se encuentran y se complementan.

Los lunes son días de mercado. Eso significa que avenida Las Torres es sinónimo de caos y el semáforo se convierte en una mera sugerencia; las calles son ahora estacionamientos; los taxis, el transporte predilecto; y el claxón de los microbuses, la música que acompaña la escena. Vienen personas de aquí, de allá, de mucho más allá para comprar en el mercado sobre ruedas que se pone en Buenavista, Tultitlán. Si me preguntan, es lo más representativo de esta zona, y al menos para mí, se siente como una extensión del hogar: de aquí sale todo lo que nos alimenta.

Hace 45 años que se colocaron los primeros puestos sobre Nicolás Bravo y Emiliano Zapata. Inició con un par de cuadras de extensión y un puñado de hogares que lo rodeaban. Ahora abarca más de tres colonias y siguen creciendo. Este mercado es más antiguo que las colonias aledañas a él. Le ha tocado ver crecer a familia enteras, la expansión de la mancha urbana, la llegada de cientos de migrantes -algunos agarran la zona de paso, otros acá se quedan- y la construcción del suburbano. Esto lo hace cada vez más diverso.

Los sismos, las crisis económicas, dos pandemias, la apertura de tiendas de autoservicio y el cambio de gobierno municipal no le han afectado, cada siete días se le puede visitar. Y desde hace más de cuatro décadas, la ruta 99, que va de Tacuba a Buenavista, lo ha conectado con la Ciudad de México. Esos camiones cambian ligeramente su ruta los lunes: avanzan de forma perpendicular a los ambulantes y transportan a cientos de clientes (a la mayoría les deja en la mera entrada).

Foto: Ximena Vázquez

Al llegar, del lado derecho, está el señor que vende puras frutas grandotas: sandías, piñas, melones y toronjas. Él es medio mal encarado, pero da buen precio y pesa bien, eso sí: siempre llega tarde. Del lado izquierdo, escuchas a la marchanta gritar «¡La buena fresa, lleve la buena fresa!» y no miente: llevo diez años comprándole -cuando es temporada, claro- y nunca me ha fallado. También me hace preguntarme cómo es que desafía a la inflación: desde que tengo memoria da el kilo en 25 pesos.

A estos dos locales los separa un matrimonio que viene desde Hidalgo para vender mixiotes -o pedazos de felicidad- por kilo o por taco, aunque para mi tienen un defecto imperdonable: no les ponen piña, y su salsa verde pica, pero no sabe a nada.

Sería (casi) imposible describir cada uno de los vendedores que conforman el mercado de Tultitlán aunque creo que algunos me los sé de memoria. Algunos grandes, otros chicos, personas que se surten en la Central de Abastos y gente que trae las cosechas de su milpa. Unos venden producto importado, otros puro nacional y aquellos que mezclan de los dos. Están quienes llegan hasta los mercados nice de Santa Fe y otros que solo a la zona del Estado de México. Hay de todo, para todos.

Un día, saqué la cuenta de cuántos puestos del mercado de Tultitlán venden qué: 37 de fruta, 46 de verdura, 23 de carnes rojas o pollos, cuatro de pescado, 14 de tacos, 11 de los llamados antojitos, cuatro de dorilocos, dos de cocteles de fruta, cuatro venden mariscos ya preparados, dos de esquites, cuatro de micheladas, dos de pizza y dos de helados. A esto, falta contar a los que venden ropa, películas piratas, collares y aretes de plata, a los relojeros, los hierberos y a los que traen chácharas, a los que intercambian videojuegos y venden tecnología -cuya oferta va desde las fundas de celulares hasta lo ilícito-.

Recorrer sus pasillos es recorrer la gran variedad de alimentos que ofrece el campo, los hay de todos colores y condiciones. En cada puesto frutal habita un arcoíris sobre sus tablas, uno que no logra ser opacado por lonas, que a forma de filtro, modifican la luz y la manera en la que se perciben los colores. Tal vez, además de cubrirnos del sol, funcionan para distraer a nuestros exigentes ojos de las imperfecciones de tonalidad y la forma de algunos productos, pero esa distorsión también logra sumergirnos en otra realidad: ya no estamos en el bullicio y el ritmo absorbente de la ciudad, ahí uno tiene la oportunidad de caminar lento, de sentir, de disfrutar, de probar, de elegir -lo ya preseleccionado, pero se agradece esa ilusión de libertad-, de imaginar y de reflexionar.

La clientela también es diversa: hay entre amas de casa que llevan su mandado en varias bolsas y en carritos, mientras caminan de forma apresurada buscando el mejor precio; estudiantes de preparatoria o universidad que pasan a comprar comida preparada cuando regresan de la escuela, las y los vecinos que viven en las casas más grandes y llegan en coche -aunque el mercado les queda a tres cuadras- y quienes vienen desde las faldas del cerro -porque sí, el mercado se pone en la mera punta-, migrantes de todas partes de Latinoamérica que comparten las recetas que traen consigo y hasta personas de otros barrios como mi tía: ella viene desde Cuautitlán porque, con todo y el transporte, comprar aquí sale más barato. La cremería de Chucho, por ejemplo, lleva tanto tiempo abierta que a mí me conocen desde que nací.

Pero aun así, cualquiera que sea nuestro origen todas y todos nos mezclamos el lunes. Ya sea chocando codos frente a los puestos de verduras mientras esperamos ser despachados o tarareando las cumbias que suenan a todo volumen y que se encuentran con las salsas y norteñas que se reproducen en el siguiente puesto de discos. Los dorilocos, esas botanas que algunos se atreven a llamar «aberración culinaria» pero que a mí me parecen una mezcla cultural muy interesante, y sabrosa, son parte de la oferta de los lunes. Al caminar por los pasillos, es imposible andar sin encontrarse a alguien, ya sean familiares, vecinas, docentes o ex-compañeros de escuela.

Pero considero que nuestro mayor punto de encuentro en este mercado de Tultitlán es el puesto de tacos más conocido: uno que físicamente se extiende por casi media cuadra y cuya increíble variedad cubre todos los gustos pues tienen sus cazuelas de barro con moronga, rajas con crema y chicharrón prensado -por mencionar unos cuantos-, mientras que la plancha tiene cecina, adobada, longaniza, tripa gorda, chuleta, suadero y ni hablar del cazo monumental que usan para freír las papas que acompañan cada taco. Siempre tienen clientes, no importa la hora. Sus cinco tablones, decorados con manteles blancos y amarillos, se llenan de cientos de historias, que de vez en cuando se conectan cuando alguien emite la frase «disculpa ¿me pasas la salsa?».

Así son los lunes en Tultitlán.

Foto: Ximena Vázquez

Sobre la autora:

Ximena Vázquez pasa los días entre sorbos de té, contando la vida a través de sabores. Es licenciada en Gastronomía. A media carrera, descubrió que le gusta más investigar, escribir y leer de comida que prepararla. Es antipatriarcal y habitante del Estado de México, y estudiante de los diplomados Cocinas y Cultura Alimentaria de México de la ENAH e Historia de la Gastronomía Mexicana de la ESGAMEX, entre otros más sobre alimentación y estudios de género.

Instagram: @ximenxvzqz
Correo electrónico: ximena_1998@live.com.mx

Este es el primer texto de «Voces amigas», una iniciativa que llegó para quedarse en este blog con el fin de mostrar el trabajo de más personas que escriben sobre alimentación, desde diferentes ángulos y profesiones. La crónica de Ximena nació como uno de los ejercicios del Taller de Periodismo que impartí como parte de la décima edición del Diplomado «Cocinas y Cultura Alimentaria de México» de la ENAH.

2 Comentarios

  1. Hidemi Fuziwara Ruiz
    agosto 11, 2021
    Responder

    Que bonito relato, la descripción es sensorial, pude oler el puesto de tacos, el de frutas y el de dorilocos.

    • Gracias por leerlo, Hidemi. Sí, me gustó mucho porque vas sintiendo el mercado, Ximena logró una excelente crónica. 🙂 Abrazos.

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