Por Mariana Castillo Hernández
Reyna fue mi bisabuela y Amparo fue mi abuela, ambas del lado materno. Chelo es mi madre. Todas veracruzanas, amorosas y sobre todo, humanas. De ellas aprendí mucho, tanto lo que quiero ser como lo que no, me enorgullece ser su bisnieta, nieta e hija, respectivamente. Tengo memorias gustativas muy arraigadas y presentes asociadas a su persona: este texto es una manera de recordarlas y agradecerles su cuidado, pero también una manera de recordar que ninguna vida y relación es ideal y perfecta.
La primera, cuentan, fue desheredada por su familia acomodada y de origen francés por no cumplir las normas de la época de obediencia absoluta y control de cada decisión femenina. Ella me cuidó muchísimo: éramos muy cercanas, la llevo en mi corazón. Nunca olvidaré esos paseos por la calle cortando flores, las idas al centro ni los chocolates Nena o Exóticas con ese envoltorio delicado y sonoro. Aunque hay quienes la recuerdan gruñona y estricta, yo no tuve esa vivencia. Amaba las posadas, gracias a ella, conocí cómo eran estos festejos a lo grande. Era de las suertudas en el juego y no en el amor: se ganó la lotería varias veces, se ganó coches en Liverpool, pero se quedó sin nada por dárselo a sus hijos.
La segunda era conocida por ser excelente cocinera, multiplicadora de ollas, dadivosa, sumamente confiada, bella y chistosa. Hasta restaurantes tuvo y se llamaban «La India Bonita». Me cuentan que luchadores, presidentes y actrices disfrutaban de sus guisos. Compartía con propios y extraños tesmole, gordas de frijol con hoja de aguacate, gelatina de chocolate y más. Siempre tenía algo para compartir en el refrigerador, era alguien que daba y daba. Devota de sus hijos varones y de sus hermanos y hermanas en ese orden, enseñó y vivió el machismo. Su esposo, mi abuelo Emilio, quien conmigo fue pura ternura y un maestro ejemplar, la celó hasta el último de sus suspiros. Amparito, como le decían, siempre me quiso, siempre la querré, aunque sé que fue exigente y no siempre tan agradecida con mi mamá, a pesar de que fue ella la que le dio menos lata, más la ayudó y más la cuidó. Su sopita de fideo era apapacho.
Chelo, mi mamá, cocina práctico y moderno, consintiendo. Te cuida dándote algo rico, sin estar horas en la cocina, cero tradicional. Tuvo su momento vegetariano new age, su momento todo con soya, pero también la raíz nunca se fue con la presencia del plátano macho en las lentejas, el plátano en el arroz y el plátano en la ropa vieja. Tampoco faltó caldo de pescado, pescado empapelado, salmón de diferentes maneras, tamales de piña, quesadillas con queso para todo y atole de zarzamora. A mí me hacía sopas especiales porque no me gustaba el jitomate de niña. «Sopas simples», decíamos. Los almuerzos escolares nunca fueron solo un sándwich porque su creatividad afloraba. Sensible, empática, inteligente, ansiosa y aprehensiva, mi mamá ama la maternidad y sigue cuidando infancias.
Ayer la visité porque fue domingo y sin la intención de celebrar el 10 de mayo: en mi familia difícilmente cumplimos esas celebraciones de efemérides de calendario, mucho menos patrias. Nos da roñita el nacionalismo y los mariachis. Me gusta no sentir nunca la presión de ningún mandato en mi familia nuclear: tenemos nuestros propios rollos, pero me da alivio que mi mamá, mi hermano y yo nos dejemos ser. Me gusta y enorgullece saber que me educaron para cuestionar y tomar otros caminos. Evidentemente, cuando íbamos a la escuela sí hacíamos todo el show porque la participación social requiere eso, pertenencia con el grupo.
Chelo se ríe muchísimo con la anécdota de la pedrada que le dieron a Echeverría en la UNAM en la facultad de Medicina en 1975 y la corretiza que tuvieron que dar toda la chamacada, entre el miedo y la valentía post sesenta y ocho. Le gusta contarnos de las mini faldas que usaba, de cómo mi abuelo Emilio la quiso a montones, de cómo se cambió de carrera de Relaciones Internacionales a periodismo, de cómo conoció a mi papá, de lo infinito que lo extraña. Una vez me dijo que soñó que él le reclamaba por no estar leyendo el manifiesto comunista.
Me dijo, entre sorbo de café y trozo de pan —porque cafetear y chopear es algo que hacemos y disfrutamos las dos juntas desde que recuerdo, y algo que también hacíamos con Reyna y Amparo—, que no entiende porque las señoras están tan obsesionadas con ser jóvenes y con esconder sus años. Chelo combinaba sus vestidos de colores con zapatos de tacón en su momento, ahora prefiere estar cómoda y busca tenis y leggins. Mi relación con ella a través de los años ha sido variada, de una muy cercana y apegada, a otra distante al buscar independencia y evitar lo que ya no quiero, aunque, lo amoroso y lo atento persiste. Ella es la que yo recuerdo, que seguro no es la misma que mi hermano o mi hermana tienen en la mente y eso es normal. Querer homologar las memorias o sentires sobre alguien es necedad e imposición. Chelo es muchas Chelos.
Personalmente, he decidido no ser madre y en esa decisión hay mucha paz y entereza porque me encantan las niñeces, pero no quiero las mías por más de un motivo. Saberlo y expresarlo da un alivio profundo. Ya fui hermana mayor y tía en su momento, lo disfruté y a la vez así fue como entendí porque no quiero hijes.
Me han cuidado, también cuidé y sigo haciéndolo. He observado a una amiga cercana luchar con la violencia vicaria mientras disfruta su maternidad llena de claroscuros, tuve una amiga que fue mamá a los quince, tengo conocidas que siempre quisieron ser mamás, he visto a madres destrozar la salud mental de su prole, tengo amigas y personas queridas con relaciones bastante complicadas con sus madres, con varias personas hemos platicado que muchas de las abuelas que fueron «robadas» en realidad fueron violadas porque eran menores de edad y que huían de sus condiciones precarias. A las mamás les criaron de maneras distintas, sufrieron diferentes violencias y enfrentaron desigualdades propias de su tiempo y contexto, y no son santas ni creaciones idílicas: quitarles ese peso es necesario porque son como todas las demás personas.
También he visto muchos hombres que no les importa la mujer que tienen al lado, sino que buscan que esta pueda gestar, parir y cumplir con el rol que ellos necesitan porque ya es el momento de formar una familia; he atestiguado casos de hombres mayores manipulando jovencitas para formar o no una familia; he sido testigo de hombres que ni siquiera teniendo varios hijos cuidan a su pareja civilmente porque huyen del compromiso y son forever batos; he visto hombres tener dobles vidas sin mayor empacho y a mujeres silenciar el hecho y seguir como si nada en nombre de la familia; y he tenido la experiencia cercana de hombres cuidadosos, amorosos y que siguen aprendiendo cómo quitarse de encima lo que se les dijo que era ser hombre. Muchas madres sostienen el machismo de sus retoños sin importar el género, muchas mujeres hemos maternado parejas, hermanos y amigos varones porque se nos enseñó a hacerlo.
Pienso en mi abuela paterna, Rosa María: con ella no desarrollé ningún vínculo especial ni tampoco le admire ni le quise particularmente porque se lo ganó a pulso. Crecer es darte cuenta que el amor se alimenta, se construye y se gana, que no es algo automático solo por pertenecer a una familia. Tengo el recuerdo agridulce de una vez que le dio a propósito café con sal en lugar de azúcar a mi mamá, pienso en que cuando murió no me salían las lágrimas. Y aunque era una señora bastante vanidosa, racista y manipuladora, fue la madre de mi padre y él la quería a pesar de todo.
Ayer me apareció un video que decía «restaurantes mom friendly» y pensé que por favor, no mamar, ¿eso qué? Lo que de verdad queremos es que exista una sociedad que más que llevar a comer a sus mamás o darles flores y regalos un solo día, piensen en los cuidados como responsabilidad colectiva y del estado; que muchas mamás no sean asesinadas dejando en orfandad a sus criaturas; que muchas no que estén buscando a sus hijes ignoradas y violentadas sistemáticamente por las autoridades; que a todas se les otorguen derechos sociales; que dejen de existir madres-niñas; que la maternidad sea deseada o que no sea; y que nos respeten y no nos vean con lástima a quienes felizmente decidimos no ser madres o las que no pudieron serlo por múltiples razones. También reconozco que me da un poco de ñañara los hombres que publican mensajes románticos sobre sus parejas y madres de sus chilpayates, pero, en el día a día, ni les ayudan en lo cotidiano y las engañan o vejan o minorizan sistemáticamente.
Reyna, Amparo y Chelo me han enseñado mucho sobre cómo respetar y acompañar la maternidad y a la vez, me han hecho reflexionar cómo dejar de idealizar a las madres, a nuestras ancestras, porque las cargas sociales y el machismo siguen siendo el elefante en la habitación: eso de la súper mujer es tan nocivo como repetir lo del matriarcado porque cuidar debe ser una responsabilidad compartida y colectiva, no de una sola mujer abnegada, sacrificada y que solo tiene amor para dar porque vaya que eso es agotador. La equidad solo sucederá si sacamos los secretos familiares del clóset, si enfrentamos nuestras dolencias, conflictos y ponemos límites, si hacemos una introspección profunda de las maternidades desde una libertad y comprensión distinta. Quise escribir de sabores y sinsabores porque la existencia es así.



