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Estas productoras de flores para los altares de muertos rompen estereotipos en Doxey, Hidalgo

Estas productoras de flores para los altares de muertos rompen estereotipos en Doxey, Hidalgo

Es el tiempo de flores amarillas y anaranjadas… Genoveva Pérez Falcón y su hija, Erika Jazmín Rodríguez Pérez, productoras de flores para los altares de muertos, rompen estereotipos de género en Doxey, Hidalgo.

Es habitual que la siembra de estas llamativas plantas de temporada sea un mundo de hombres, pero este 2021 ambas tuvieron la iniciativa de incursionar en esta actividad por primera vez. Jairo Gutiérrez, yerno de Genoveva, y su hijo más pequeño, son parte del equipo familiar.

Trabajar la tierra con maíz y alfalfa siempre ha sido el sustento de Genoveva y su familia: «Esta es nuestra vida, ya nos acostumbramos, me gusta mucho hacer esto, estar aquí. Soy madre soltera. He sacado adelante a mis hijos con el trabajo del campo. Esto me heredaron mis padres, eso aprendí. Hace unos años por el machismo casi las mujeres no estudiábamos, solo la primaria y hasta ahí. Y pues sin estudio, ¿qué puede uno hacer? Me dije a mí misma que con mis hijas no sería así». Precisa que fue su mamá quien le dejó este terruño y otro más para mantenerse.

Foto: Frida Salazar
Flores para los altares de muertos en Doxey, Hidalgo. Foto: Frida Salazar

Ella tiene cuatro hijes, dos hombres, dos mujeres. Erika, por ejemplo, es laboratorista química, pero le gusta más estar entre cultivos, de hecho, ella fue quien impulsó a Genoveva constantemente y le dio confianza para que lograran en colectividad sus cultivos de flores como cempásuchil, «molito» (conocida como clemolito), manita de león (cerebro o cresta de gallo en otros lares), nube y besos: «Yo le dije: mamá, nosotras también podemos, hay que aventarnos. Fue una idea nunca habíamos puesto en práctica. Ahora, volteó a ver lo que logramos y me da orgullo».

Media hectárea es testigo de seis meses de su enorme esfuerzo, tanto físico como mental: lidiar con las críticas, los «ninguneos», las trabas, las complicaciones y las macho explicaciones fue su pan diario. «¿Qué, Geno, ¿a poco también sabes regar?, me decían algunos que nos veían y contesté «claro que sí y si no sé, aprendo. No solo los hombres saben hacerlo», comparte. Antes en esta milpa había frijol lo que implicó que el desyerbé se hiciera a conciencia: las faenas fueron agotadoras. «Se nos quedaban viendo como bichos raros, terminábamos bien cansadas. Ya no aguantábamos la espalda», comparte Erika a lo que su madre agrega que también echaban relajo y las risas no faltaban.

Por dondequiera que se mire, hay colorido. Se pueden cerrar los ojos y los aromas son placenteros, se sabe que se está rodeado de lo florido como metáfora y sensación. Es como si los cerros se extendieran en pinceladas multi cromáticas que se vuelven perfumes exquisitos. Las aves cantan temprano anunciando la mañana y conforme el día avanza y el sol arrecia, las abejas van haciendo su aparición para mostrar su relación intrínseca con la naturaleza. Con mucha ternura, Jairo y Genoveva platican de cómo los colores se mezclan gracias a estos insectos y su polinización, de cómo el polen en sus patitas y cuerpecitos da variedad.

Foto: Frida Salazar
Manita de león, también conocida como cerebro o cresta de gallo. Foto: Frida Salazar

Observación y diferencias

Él muestra al cempasúchil «macho», que tiene menos pétalos y está más abierto —más difícil de colocar en el mercado, se le desdeña— y al «hembra» que es cerrado, pachón y abundante —atractivo por su aspecto—. Después, Erika abre un botón, muestra las semillas de la flor: varios palitos blancos con punta negra se asoman entre su mano. Ella agrega que las de la nube son aún más pequeñas como aquellos dulces coloridos que venían en tubitos de plástico, tan chiquitas que se vuelven muy delicadas de manejar. Y es que para todas estas flores el secreto está en el control y el balance: si pones demasiada tierra, las semillas se asfixian y no nacen, pero si pones poquita, al momento de regarlas, se las lleva el agua o se las comen los pajaritos. Sobrevivencia.

«Las semillas se esparcen a boleo, a mano, así se le nombra porque se cierne la tierra», dice en voz bajita Genoveva, mientras Erika muestra cómo lo logran. Utilizan azadón para abrir cada zurco, que es cada hilera completa de flores. A esa acción le llaman «rayar». Ahí tuvieron muchas complicaciones, advierten. Cada variedad fue sembrada con una diferencia de una o dos semanas.

Algo importante es que para el cempasúchil, a diferencia de las demás, hay un primer paso, que es sembrar en cantero, «un cuadrito de pura tierra, sin piedras ni basura», donde se deja la semilla, se tapa con una malla y se cierne. En cinco días aproximadamente comienza a germinar y después de cuidados extremos durante un mes, se trasplanta en esas zanjas dispuestas previamente para que sigan desarrollándose. Para esto, la raíz debe tener humedad, casi casi ser lodo, y se hace mata por mata.

Foto: Frida Salazar
Las semillas del cempasúchil. Foto: Frida Salazar

Las complejidades del trabajo campesino

Al preguntarles cuál es la más delicada contestan que todas. «¡Condenado gusano, deja mi flor!», era de las sentencias recurrentes de Erika en las ocupaciones diarias. Este año llovió mucho más, de hecho en Tula la tragedia tuvo víctimas mortales y trascendió de ser un simple fenómeno meteorológico a una llamada de atención a las necesidades de sistemas eficientes de drenaje en la región. Por fortuna, y aunque hubieron otres que les dijeron que se inundaron sus milpas, este terreno tuvo pocas pérdidas por el agua. Algunas sí «se quemaron», como le llaman a las que no se dieron o no crecieron tan altas como suelen hacer, pero ya tienen experiencias aprendidas para que, a la siguiente cosecha, haya resultados aún más óptimos que los de este año.

Siempre hay mermas, esa es la realidad campesina. Y se invierte mucho dinero. Esto se debería saber al comprar las flores, de ahí la importancia de difundir qué implica tenerlas en nuestras casas en ofrendas o panteones. Genoveva dice que sus compradores son locales, algunes compran por zurco, otres manojos de 80 pesos… lo que desean es la satisfacción de quienes se lleven estas flores para los altares de muertos.

Alrededor de 20 mil pesos es su inversión debido a los diferentes gastos que se tienen: abonos, riegos, una que otra persona que ayudó en el trasplante u otras actividades y sobre todo, los costos de las semillas. Por ejemplo, la de manita está en cinco mil pesos el kilo, la de besos en mil 200, la de cempasúchil en mil…. Además de que la mano de obra familiar casi nunca está contemplada como labor pagada. Si hay buena venta, recuperarán lo gastado y será negocio, pero el regateo es una práctica nociva que castiga a productoras como Genoveva y su familia. «Se llevan un manojo de 50 pesos y nos dicen «ay, está muy chiquito, échele más». Siempre pasa que quieren regatear. Eso sí, en las florerías no lo hacen», enfatiza Erika.

Foto: Frida Salazar
Los besos y las abejas. Foto: Frida Salazar

De los chiles a las flores para los altares

Doxey, que significa «lugar de piedra labrada» en hñähñu, lengua que Genoveva, Jairo o Erika no hablan, antes se conocía como «Doxey chilero» porque abundaba la siembra de serrano pero desde 1985, las flores y la  fabricación de ataúdes son su insignia. Precisamente, Jairo trabaja en un taller de carpintería dedicado a ese fin, aunque sus abuelos sí fueron campesinos. Genoveva dice que las industrias alrededor le afectaron a la tierra, y que además el coyotaje y lo que recuperan por sus cultivos es muy poco, de ahí que ya no se tenga deseo por seguir el oficio.

Ella tiene otra hectárea por el cerro y antes se acostumbraba tener el maíz en mogote: «ahora ya vienen de fuera compradores, ponen su precio y es muy bajo y hay mucho maíz. Por ejemplo, ahora, la tonelada está a seis y hasta cinco mil pesos, bajó bastante». Ya no se dedican al criollo, antes había azul o arcoíris, ahora puro blanco. «La delincuencia ya hasta se llevó las vías del tren, hubieron muchos cambios», apunta Erika.

La labor y tesón de estas productoras de flores para los altares de muertos es fundamental y hay que agradecerles: al escuchar a Genoveva, a Erika y a Jairo, al verlos cargar y sudar la gota gorda, se debería valorar más cada pétalo, cada botón que con su aroma es homenaje a nuestros quereres. Gracias también a Aída Mulato de la iniciativa Jóvenes Artesanos a través de quienes estas flores pueden llegar a más personas y más podemos conocer de viva voz de la gente qué tanto valen en verdad las flores para los altares de muertos con sus saberes y experiencias.

Es el tiempo de flores amarillas y anaranjadas: Tino Cortés, mezcalero y campesino, me dijo alguna vez esa frase al cortar flores como el biruxe, el acahual, el «ojito de pollo», la monjita, la borla o la cresta de gallo en Miahuatlán de Porfirio Díaz, en Oaxaca. Él explicó que existen cempasúchil «macho» y «hembra», y que se distinguen porque el segundo está más «rellenito» de pétalos. Se suelen ir a cortar temprano a los campos cercanos a los caminos silvestres de esta localidad —en estos matorrales, además, se recolectan chapulines chiquitos y frescos—. Esa familia y su generosidad tan abundante como sus tapetes floridos, queda en la memoria.

Foto: Frida Salazar
Juntando manojos de flores. Foto: Frida Salazar

Más sobre las flores para los altares de muertos:

Las festividades para recordar a los difuntos en México, que hoy se conocen de manera genérica como Día de Muertos, son presente vivo y significativo que continúa moviendo tanto el comercio como la vida social y la espiritual de muchas poblaciones en el país. Como te conté en «Los muchos panes de muerto en México» los simbolismos relacionados con la celebración de Todos los Santos y sus diferentes variantes por comunidad son varios y antiguos.

El investigador Miguel Ángel Serratos Cruz escribió «Cempoalxóchitl y Días de Muertos» en la revista Arqueología Mexicana. En este interesante y completo artículo, el autor da testimonio de la relación de esta flor para la cultura mesoamericana, que aparece en Códices como el Florentino, así como su importancia etnohistórica.

“Pueblos como Escolín (totonaco), Míxquic (náhuatl), Oxcutzcab (maya), Taxhuandé (otomí) y Pátzcuaro (purépecha) evocan el pasado prehispánico de México e ilustran la policromía cultural actual. Estos pueblos celebran los Días de Muertos (animechakejtzitakuca: purépecha; míccaílhuitl: azteca; ninín: totonaco, y xantolo: huasteco) con ofrendas florales, entre las que destacan las de cempoalxóchitl o flor de muerto, planta mexicana que tradicionalmente se siembra o se recolecta y se encuentra adaptada desde el nivel del mar hasta los 2 800 m de altitud, en variados climas y sitios de México. Evidencia de la relación de los grupos mesoamericanos con esta planta son los vocablos indígenas para referirse a ella: apátsicua (purépecha), caxyhuitz (huasteco), cempoalxóchítl(náhuatl), chaut (tepehua), expujuj (maya), guie’ bigua’ (zapoteco), ita-cuaan (mixteco), kalhpu ‘xa ‘m (totonaco), jondrí (otomí), majk’ py (mixe), musajyó (zoque), piid mbaj (huave). Los días l y 2 de noviembre se destinan al culto a los muertos en casi toda América y la parte de Europa donde se estableció el catolicismo. Los antecedentes provienen del siglo IX, con la propuesta del Papa Gregario IV para que en Europa se celebrara a los seres queridos finados. En Francia, España, Portugal, Italia, Colombia, Venezuela, Ecuador, Costa Rica, Argentina, Uruguay, Perú, Chile y algunas partes de Brasil, el segundo día de noviembre es día de asueto y se dedica a llevar flores diversas al cementerio. En los países europeos se ofrendan claveles, crisantemos y rosas.”

Él deduce que existió un cultivo intensivo de esas plantas que no siempre se relacionaba con el culto a la muerte, especialmente con el Día de Muertos actual. Actualmente, la siembra de esta flor es común en el Altiplano y en otros lugares de México y ocurre entre junio y julio. La cosecha es en la última semana de octubre, con algunas excepciones.

Hace tiempo también escribí la historia de Chinampa auténtica, un colectivo al que pertenecen Lucas Páez, Agustín Galicia y Juan González, entre otras 20 personas más que son productores cempasúchil de San Gregorio Atlapulco. El mensaje sigue siendo el mismo: vincularnos con quienes trabajan el campo y comprarles sin intermediarios es una vía para un comercio más equitativo. Pregunta de dónde vienen las flores que comprarás para tus altares, ofrendas y regalos para tus visitantes del más allá quienes merecen homenajes de eternitud. 

Foto: Frida Salazar
Cempasúchil «macho». Foto: Frida Salazar

Otros documentos de interés sobre flores para los altares de muertos:

Más fotografías de las flores para los altares de muertos de Doxey, Hidalgo:

Genoveva, una de las productoras de flores para los altares de muertos. Foto: Frida Salazar
Erika, una de las productoras de flores para los altares de muertos. Foto: Frida Salazar
En Doxey, Hidalgo se cultivan flores de este tipo desde 1985. Foto: Frida Salazar
Manojo de manita de león. Foto: Frida Salazar
Cempasúchil «hembra» amarillo y naranja. Foto: Frida Salazar

Fotografías de este reportaje: Frida Salazar.

Gracias también a Fernanda Iturbe y a Tania Góngora de Simbiótica por su apoyo y complicidad para hacer posible este viaje.

Y abrazos empáticos a quienes perdieron familiares, amigues y personas amadas durante esta pandemia.

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