La consigna para La Noche de la Memoria del 16 de julio pasado fue transitar entre memorias, saberes y rutas, en mi caso sobre el tema alimentario. Dejo acá el ejercicio escrito que preparé y que no leí tal cual porque estar en juntanza requiere también lo espontáneo y vivo.
Gracias a Laura Murcia por la generosidad de compartir su talento, música y espacios con Carlos Acuña y conmigo. También gracias a Carlos por sus crónicas y por escribir de esta ciudad que nunca será la misma, pero que además, está en una constante disputa entre lo que las personas buscamos, merecemos, deseamos y exigimos, y lo que los tantos poderes en juego deciden.
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Memorias
¿Cómo sería tu recetario- mapa para conocer la ciudad? Para mí, el aún DF por saudade es un territorio en movimiento continúo. Tardé en conocerla, en sentirme realmente en ella. No nací aquí como muchos de sus habitantes. Mi familia estuvo de acá para allá y acullá, mi infancia y adolescencia nunca fueron estáticas.
Cuando me preguntan qué de dónde soy me cuesta trabajo contestar. Mis raíces son un chorrito de Poza Rica, una pizca de Tampico, un puño de Córdoba, pero tampoco tanto, tanto: mi padre y madre fueron rebeldes, poco tradicionales. Me gusta pensar ahora que soy de Nepantla, de ese estar en medio del que habló la pensadora chicana Gloria Anzaldúa. Ser nepantlera es saber que en cada lugar en el que se vive ganamos y perdemos algo, aderezamos, salpimentamos al gusto o de manera azarosa. Somos como la ropavieja, las migas, el revoltijo, la capirotada… añadimos lo que tenemos disponible para lograr una nueva comida.
Antes, mi trabajo me llevaba a salir todo el tiempo, rara vez estaba aquí: avión tras avión, carretera tras carretera, solo llegaba a cambiar la maleta uno o dos días e irme de nuevo. Hice mucho trabajo de campo de culturas alimentarias rurales y de pueblos originarios, hice muchos reportajes de ciudades turistificadas, de espacios gentrificados: quienes escribimos buscamos darle la vuelta a lo que los medios nos piden en estos tiempos frenéticos que habitan entre el clickbait y “lo que vende” para poder seguir narrando y escribiendo lo que realmente queremos.
He vivido muchas vidas, se me siguen sumando más. Fue hasta la pandemia que realmente sentí que habité la CDMX, que me habité en ella, y aunque el sonero y versador Patricio Hidalgo dijo “adiós a la mancha urbana donde el lago se secó”, a mi me dieron ganas de conocer la ciudad de otra forma con lo que más me gusta hacer qué es conversar con las personas. Vivir es un infinito tránsito entre la otredad y la posicionalidad, entre el adentro y el afuera.
La ciudad esta ciudad, no sólo tiene edificios y concreto, hay una resistencia conformada por tres poblaciones con raíces agrícolas y lacustres al sureste, con sus problemáticas propias, con sus resistencias y transformaciones. Sí hay campo en el ex.- DF aunque muchos no lo sepan. Xochimilco, “lugar de flores”, Tláhuac, palabra derivada de Cuitláhuac, que se traduce como “el que cuida el agua”, y Milpa Alta que lleva en su esencia al sistema agrícola mesoamericano con más de siete mil años de existencia y luchando por estar vigente en la actualidad. Los principales grupos que ahí habitaron fueron xochimilcas, chalcas, tepanecas, culhuas, otomíes y mexicas, en señoríos complejos, estructurados, con su cultura y para nada incivilizados como la episteme colonial quiere convencernos que todo era antes de que llegaran de Europa.
Hablar de producción agroalimentaria en la actualidad, esa que resiste a los monstruos agrícolas y al monocultivo homologado que mata lo vivo, es hablar de esta triada verde: una parte significativa de la tierra cultivable y los productos frescos producidos en la CDMX provienen de esta zona chinampera que puede verse plasmada en Códices como Boturini, el Cozcatzin, el Azcatitlan y el Mapa de Popotla.
Es importante decir que estos pulmones chilangos enfrentan actualmente muchísimos retos ambientales y sociales para seguir existiendo, por eso escuchar a sus habitantes, es esperanza ante la desigualdad, los tratados de libre comercio, el cambio de uso de suelo, el despojo, la discriminación, la devastación ecológica y la violencia de diferentes índoles.
Los bosques de Milpa Alta, por ejemplo, cubren más de 12 mil hectáreas y es una delegación en donde coexisten doce pueblos originarios que siguen dedicándose sobre todo a la agricultura. La mayor parte de su extensión es tierra comunal, ahí no hay supermercados ni Oxxos ni grandes plazas comerciales. Xochimilco, por su parte, tiene catorce pueblos originarios y Tláhuac siete, por lo cual en cada una hay tradiciones y costumbres propias.
Isela Xospa, milpaltense y fundadora de la editorial independiente Xospatronic, alguna vez me dijo: “Para quienes vivimos otra época, Milpa Alta sigue siendo bonita, verde, resiste, cultiva y cuida sus terrenos, pero sí ha habido un deterioro tremendo, rápido, pues quienes conservaban la tierra eran los abuelos. Muchos niños no participan ahora en la siembra ni en preparar los alimentos o en conocer de dónde vienen. En la idea de hacernos profesionistas, porque eso se respeta, no nos enseñaron a cultivar la tierra y hay un abandono del campo. A quienes lo heredaron, les parece fácil venderlo para que se llene de casas y comprarse luego un microbús o un coche. Las ciudades se vuelven caras, inaccesibles, y las clacistamente mal llamadas periferias absorbemos y sustentamos lo que la ciudad expulsa, aunque al mismo tiempo le proveemos de alimento, aire y agua”.
Esto que Isela lo relaciono con lo que alguna vez me dijo Lioba Bonilla Flores de Santa Ana Tlacotenco, también en Milpa Alta. Ella tiene ahora 71 años, no sabe de chefs, restaurantes, rutas gastronómicas, premios, estrellas, listas, guías o convenios por la cocina nacional. Tampoco le quita el sueño toda esa parafernalia porque le es ajena y el tiempo que tiene es para sostenerse.
Lioba no tiene una habitación propia porque está más ocupada en trabajar la tierra, recoger su maíz y elaborar pinole, panes de anís y de leche, quelites como los chivitos, burritos de maíz colorado, guisados con habas, panes, tamales y más para vender “acá en la ciudad” como ella dice, para mantenerse. Desde que tiene memoria así ha sido su día a día, y más desde que su esposo murió.
De habitar Milpa Alta que también es CDMX también me habló Silvia Olivos Ferriz en nuestro programa Resistencias Alimentarias #10: ella es una cocinera joven que transita entre entrarle a las dinámicas de los discursos que la folclorizan y buscarse más espacios para hacer lo que le gusta y mostrar la cultura momoxca de la que está orgullosa.
Y es que en México, la desigualdad de género es abismal: 19 millones de mujeres están excluidas del mercado laboral, principalmente por estar desempleadas o dedicadas a las labores de cuidado sin remuneración. La Acción Ciudadana Frente a la Pobreza explicó este año que esta situación ha persistido durante los últimos veinte años, a lo que se suman las condiciones precarias en empleos para ellas, sin seguridad social ni pensiones y jornadas excesivas.
Irónicamente a este contexto, las mujeres son quienes, históricamente, se han encargado de sostener el cuidado y el alimento desde que amamantan hasta que entierran, incluso hasta cuando ofrendan y esperan a sus almitas para compartir un tamal, un chocolate caliente cómo lo haremos hoy. A algunas les gusta, además de que es obligación, y otras muchas encuentran redes y autonomía gracias a los fogones, el campo y la transformación de alimentos.
¿Por qué no se cuida más a quiénes nos cuidan?
El cuidado colectivo debe ser nuestra revolución, nuestra alegría compartida, nuestra resistencia fundamental.
Saberes
Quisiera que cada quien pensará en su comida preferida, la que les apapacha, la que si fueran a morir hoy pedirán como último alimento o también en la que menos les gusta, la que aborrecen, la que no pueden ver ni en pintura y los por qués.
¿Cuál es, de dónde, a quién les recuerda, qué sienten cuando piensan en ella, a qué época en su vida pertenece, aún existe ese alimento, platillo o sabor, ustedes lo preparan o cómo se consigue?
Mientras ustedes ahondan en esa memoria quiero compartirles esta reflexión que no me cansaré de repetir: comer es una categoría cultural. Con esto me refiero a que lo que comemos tiene que ver con el lugar donde nacemos, crecemos y a dónde nos movemos, pero no solo eso sino con quienes compartimos. La palabra “comida” tiene en su etimología la acepción de lo común, del latín comedere, formada por el prefijo com que significa “reunión” o “junto” y eder, “comer”.
Alimentarnos va más allá del aspecto nutricional que necesitan los cuerpos para existir ya que reúne herencia, cambios, temporadas, posibilidades, imposibilidades, imposiciones, territorio, pero también gustos conscientes, inconscientes, individuales y colectivos. Todo esto en un sistema que es todo menos neutro. Comer es político y a la vez, es una negociación constante en un sistema capitalista.
Decir que algo alimenta es entrar en una metáfora profunda: nos alimenta un platillo o una bebida que nos sabe a nostalgia, a ritual o a placer, tanto como el abrazo largo de algún ser amado o una canción con la que conectamos en soledad o que hacemos común en una fiesta.
Incluso, eso que no nos gusta comer nos habla de nuestro ser de manera íntima. Cuando migramos, porque hay que pensar en nuestras propias migraciones, llevamos a dónde vamos nuestra manera de nombrar y observar el mundo, así como de comer. De esa manera, los alimentos también son migrantes y algunos son bien vistos y otros descartados del menú por clasismo y racismo. ¿Qué decidimos recordar y qué olvidar. ¿Por qué?
Rutas
¿Qué palabra les viene a la mente con la palabra chocolate? ¿Qué memorias les evoca este alimento? Mientras ustedes reflexionan esto y si gustan pueden escribirlo, yo les iré contando que esta bebida es un excelente pretexto para hablar de origen, memoria, prejuicios y territorio.
Su biocultura ha sido construida a través de miles de años entorno a la semilla que se transforma en bebidas y alimentos, desde una concepción diferente a la de otros países y apreciaciones gustativas y comerciales.
Si bien ahora conocemos la palabra chocolate, está estaba lejana del vocabulario mesoamericano. Ascensión Hernández explicó en Chocolate: historia de un nahuatlismo que las primeras menciones al vocablo “chocolate” se encuentran hasta 1570. Antes siguió usándose el vocablo náhuatl cacáhoatl (agua de cacao), “a veces en composición con otras palabras, para definir las muchas clases de bebidas que se hacían”, escribió este autor.
En el Códice Fejérváry-Mayer, aparece un árbol del cacao dirigido hacia el inframundo y en el Tudela aparece una mujer espumando cacao. Y lo más poderoso es que sigue vigente para muchas familias agricultoras, sigue en lo cotidiano y lo ritual y hoy escucharemos problemáticas y tensiones entre un modelo capitalista y neoliberal y otro comunitario y agroecológico.
Quizá ustedes sean de los que piensan que el cacao es de origen mexicano porque algo que fascina es el nacionalismo y la lucha por quien fue el primero que comió, preparó o inventó. En algún momento yo solía decir que más que mexicano, era mesoamericano, pero gracias a la antropóloga Liliana Rocío León y su texto en Comestible.info aprendí que nuevas investigaciones apuntan que las evidencias de los primeros cultivos de cacao y su uso están en el Amazonas ecuatoriano.
Ella escribió que trabajos publicados en 2022 como los de arqueólogo Francisco Valdez, la paleobotánica Sonia Zarrillo y la genetista Claire Lanaud, han demostrado que el uso y domesticación del cacao en la Alta Amazonía precede a su presencia en Mesoamérica lo que ha llevado a replantear su origen geográfico y cultural.
Pensemos también que el cacao nos lleva a hablar de intercambio cultural (me gusta más esa palabra que el cansado mito del mestizaje), de prohibición moral porque el teobroma levanta pasiones y calores, de acceso porque es un alimento que fluctúa según la bolsa de valores, de territorio porque no es lo mismo comer un cacao chuao o guasare de Venezuela que un blanco jaguar o pataxte en México, de uso cultural porque sobran bebidas con origen mesoamericano con él y de formas de producción y consumo, ya que mucho del que se vende no es siquiera permitido llamarlo chocolate porque apenas si contiene cacao.
Nada es una receta fija, estática, única…
Somos un recetario escribiéndose y cambiando, compartiéndolo con otros.
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